lunes, 8 de enero de 2018

APOCALIPSIS 3:1-3. Sardis (a)


HISTORIA
Sardis se encontraba a 25 millas al sureste de Tiatira. Sardis fue la capital del reino de Lidia, hasta que los romanos la conquistaron. Era un importante centro comercial, conocido sobre todo por su industria textil. Allí se inventó el arte de teñir lana. En su tiempo de apogeo fue una ciudad muy próspera, e históricamente se cree que allí se acuñó la primera moneda.


Era una ciudad protegida por su topografía. La acrópolis estaba construida en un plató a 500 metros sobre el valle, rodeada por altos riscos de roca por tres lados.  Además, era una ciudad amurallada, y sólo el lado sur de la ciudad tenía acceso abierto para el público, lo cual hacía fácil la tarea de guardarla. La ciudad se consideraba “impenetrable”, y esto les hizo sentirse seguros y protegidos. El problema es que se confiaron demasiado, y en dos ocasiones fueron conquistados por descuido.

En el año 17 a.C. la ciudad fue destruida por un fuerte terremoto, al igual que las ciudades de Filadelfia y Laodicea. Sardis fue reconstruida por el emperador Tiberio, pero ya nunca recuperó su pasada gloria. En el momento en que se escribió la carta de Apocalipsis, la ciudad estaba en decadencia. Y lo mismo era cierto de su estado espiritual, como veremos a continuación…

IGLESIA EN SARDIS
La iglesia de Sardis se estableció como consecuencia del avivamiento espiritual que comenzó en Éfeso y se extendió por toda Asia Menor (Hechos 19:10-11). Pero después de ese avivamiento original, ya no siguieron avanzando. Se quedaron viviendo del pasado sin sembrar para el futuro. 

La iglesia de Sardis no tenía enemigos externos que los persiguieran, ni tampoco dejaron que falsas doctrinas los corrompieran (como Pérgamo y Tiatira), pero su indolencia y acomodamiento los fue corroyendo desde adentro. Esta iglesia hacía “buenas obras”, pero sólo de la clase que impresiona a la gente, y no a Dios. En Su carta a esta iglesia, el Señor los describe de la siguiente manera:
(Apocalipsis 3:1b) …Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto.

A los ojos del mundo estaban “vivos”, pero en un sentido espiritual esta iglesia estaba casi muerta. Ellos quedaron viviendo de las glorias pasadas, y poco a poco esta iglesia fue perdiendo su fuerza y su vida espiritual. 

¿Cuál es el remedio para alguien que está muerto? La respuesta se la dio el Señor al profeta Ezequiel, cuando éste fue llevado a un valle lleno de huesos secos.
(Ezequiel 37:1-5) La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová. Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis.

Lo que necesitaba la iglesia de Sardis es el viento del Espíritu de Dios, que da vida.

DESCRIPCIÓN DE JESÚS
La forma en que Jesús se revela a esta iglesia es precisamente lo que ellos necesitaban. 
(Apoc. 3:1) Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto…

a.  los 7 Espíritus de Dios
En el capítulo uno ya habíamos leído esta descripción (Apoc. 1:4). Como vimos, el
profeta Isaías explica cuáles son estos siete espíritus de Dios:
(Isaías 11:2) Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová.

En su visión, Juan vio el trono de Dios, delante del cual estaban los siete espíritus de Dios. En forma simbólica, éstos también están representados en el Candelabro (heb. Menorá) de siete brazos que se encuentra en el Lugar Santo del Tabernáculo (Exo. 25). 

Hay un paralelo entre ambos. Para encender la luz de la Menorá en el Templo, el Señor proveyó el fuego, que cayó del cielo sobre el altar. Sin embargo, para mantener la llama encendida, los sacerdotes debían alimentar cada día el candelabro con aceite. Y este aceite puro se obtenía de la ofrenda que daba el pueblo, de las primeras gotas que salen al machacar los olivos. Esta luz no se debía apagar (Lev. 24:2-4).
 (Éxodo 27:20) Y mandarás a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de olivas machacadas para el alumbrado, para que la lámpara arda continuamente.

De la misma manera, Dios envía sobre su iglesia el fuego del Espíritu Santo, pero nosotros debemos mantener esa llama viva llevando nuestro aceite, es decir, “machacando” nuestra voluntad para hacer la voluntad de Dios, y esforzándonos por buscarle aun cuando no nazca hacerlo. 

En los Evangelios leemos que el Padre envió el Espíritu Santo sobre Jesús cuando Él comenzó su ministerio en la Tierra. Sobre Jesús reposó el Espíritu del Señor en todas sus expresiones. 
(Lucas 3:21-22) Y aconteció que cuando todo el pueblo era bautizado, Jesús también fue bautizado: y mientras El oraba, el cielo se abrió, y el Espíritu Santo descendió sobre El en forma corporal, como una paloma, y vino una voz del cielo, que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido.

A su vez, Jesús nos dejó al Espíritu Santo para guiarnos mientras Él estuviere ausente en cuerpo (Juan 14:1-17; Juan 16:5-11; Hechos 2). 
(Juan 14:16-21) Y yo rogaré al Padre, y El os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre; es decir, el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni le ve ni le conoce, pero vosotros sí le conocéis porque mora con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Un poco más de tiempo y el mundo no me verá más, pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. En ese día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él. 
(Juan 16:7-13) Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando El venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque yo voy al Padre y no me veréis más; y de juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar. Pero cuando El, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir.

Tener el “Espíritu de Dios” no sólo significa “tener las manifestaciones”. Lo crucial es la obra que hace en nuestros corazones y almas. Es la transformación que viene desde adentro para afuera, y eso produce luz y testimonio al mundo. Si permitimos que el Espíritu de Dios se manifieste en nosotros, veremos su sabiduría, inteligencia, conocimiento, consejo, poder, y temor de Dios…y esto nos transformará a Su imagen. El Señor manda Su Espíritu sobre nosotros, y nuestra responsabilidad es mantener ese fuego vivo.  En esto fue lo que falló la iglesia de Sardis, ya que luego del avivamiento, no mantuvieron viva la llama del Espíritu de Dios. Se volvieron religiosos, con nombre de que “viven, pero están muertos”.  

b.  las 7 estrellas
El significado de las “siete estrellas” también se explica en el capítulo uno (Apoc. 1:20). Las siete estrellas representan a los siete mensajeros de las siete iglesias. En la antigüedad, las estrellas eran utilizadas como medios para guiarlo a uno en la dirección correcta (que equivalen hoy a la brújula o el GPS). Estos siete enviados están en la mano derecha del Señor. Ellos transmiten mensajes del Cielo que dan dirección a los creyentes, a la Iglesia. Pero depende de cada uno si hará uso de ese mensaje.

LLAMADO DE ATENCIÓN
El Señor hace un llamado de atención a la iglesia de Sardis:
(Apocalipsis 3:2-3) Ponte en vela y afirma las cosas que quedan, que estaban a punto de morir, porque no he hallado completas tus obras delante de mi Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo y arrepiéntete. Por tanto, si no velas, vendré como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.

a.  Ponerse en vela
(gr. gregoreúo), lit. mantenerse despierto o vigilar.

Hay un refrán popular que dice: “No te duermas en tus laureles”. Los laureles se daban en Grecia a los campeones de las competencias deportivas. El refrán se refiere a cuando un campeón se confiaba en su victoria y dejaba de entrenar, y esto lo llevaba a perder su corona. Esto fue precisamente lo que le sucedió a Sardis: Los ciudadanos de esta ciudad se habían confiado demasiado por sus murallas y su ubicación protegida, y al final descuidaron su guardia, lo cual permitió que el enemigo pudiera penetrar su defensa. La historia cuenta que un soldado en el muro de la acrópolis se durmió, y cabezando se le cayó su casco. Para recuperarlo, abrió una puerta secreta en lo alto. Los enemigos vieron esto, y por la noche penetraron por la puerta escondida que no estaba bien guardada.  

De la misma manera le sucedió a la iglesia de Sardis, que se quedó viviendo de experiencias del pasado, y no se cuidaron de mantener viva su fe. Se quedaron sólo con el conocimiento intelectual, sin poner en práctica las enseñanzas que habían aprendido. Comenzaron a conformarse al estilo de vida del mundo, en lugar de ser luz en medio de la oscuridad. Se confiaron y se durmieron, y así permitieron que el enemigo entrara en sus vidas—sin dar batalla.

El mensaje de Jesús para esta iglesia es: ¡Despierta!
Esto mismo escribió Pablo:
(Efesios 5:14-17) Por esta razón dice: Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo. Por tanto, tened cuidado cómo andáis; no como insensatos, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Así pues, no seáis necios, sino entended cuál es la voluntad del Señor.

b.  Afirmar lo que queda
No todo era malo en esta iglesia. El Señor les dijo que hay ciertas cosas que “todavía quedan”. Hacían buenas obras; pero aun eso poco que les quedaba, estaban a punto de perderlo. 

c.  Acordarse de lo que ha recibido y oído, y guardarlo
Lo que esta iglesia había recibido del Señor era bueno. No eran principiantes ni ignorantes. Lamentablemente todo había quedado en la teoría, y no había sido traducido a la práctica. Por eso, el Señor los exhorta a acordarse de lo que recibieron de Él, y que lo guarden. ¿De qué sirve la Biblia en nuestras casas si sólo acumula polvo? ¿De qué sirve leer y aún estudiar la Palabra de Dios si no la ponemos en práctica?

Hay otra forma en que se puede entender este versículo (Apoc. 3:3).  Algunos comentaristas dicen que también se podría traducir: “Acuérdate, pues, de CÓMO recibiste y oíste…”  En este sentido, no es sólo lo que recibieron, sino “cómo” lo recibieron. Dos personas pueden oír el mismo mensaje, pero cada quien puede tomarlo a su manera. El Señor nos habla a todos por igual, pero el efecto y el resultado de esta Palabra dependerán de la forma en que la recibamos y lo que hagamos con ella.

Los tesalonicenses fueron un buen ejemplo de esto (1 Tes. 1:6-9). Ellos recibieron la palabra con gozo, y la pusieron en práctica. Se arrepintieron, y fueron luz en medio de la oscuridad.

d.  Arrepentirse
El concepto bíblico de “arrepentimiento” no sólo es sentir remordimiento y compunción. El arrepentimiento comienza con un reconocimiento del mal que uno ha hecho, pero ése es sólo el principio, pues debe seguirlo un cambio. La palabra para arrepentimiento en hebreo es: “Teshuvá”, que literalmente significa: “regreso”.
Es un reconocimiento de que nos hemos apartado del camino de Dios, acompañada de la resolución firme de regresar a la forma en que Dios quiere que hagamos las cosas (Mateo 3:8).


Más capítulos de este estudio en: Apocalipsis


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